Muerte en el Castillo

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Cuando le asestas el golpe definitivo, tu enemigo lanza un grito de agonía y se materializa al caer a tus pies. A primera vista parece un ser humano, pero al examinarlo más de cerca descubres que no lo es. Sus ojos, ahora vidriosos y sin vida, se asemejan a los de un gato; sus dedos son cortos y terminan en garras y su mandíbula inferior sobresale varios centímetros de la superior. Su piel tiene numerosas cicatrices, pero no causadas por heridas en combate, sino por operaciones quirúrgicas.

No hay ni restos del látigo con el que te ha atacado, pero encuentras una Lanza sujeta al hombro del cadáver por una cuerda y un Silbato de plata (apúntalo entre los objetos especiales en tu Carta de Acción) atado al cuello por una cadena. Instintivamente te llevas el silbato a los labios y soplas, pero no emite ningún sonido. Al volverte hacia el foso, divisas una sólida plancha de metal azul que lo atraviesa de un extremo a otro.

Si quieres cruzarla, pasa al 6.

Si prefieres deshacer lo andado por el corredor, pasa al 64.

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