LA SAGA DEL CRUZADO
A finales del siglo XII después de Cristo, el rey Ricardo de Inglaterra, apodado “Corazón de León” por su gran valor, partió hacia Tierra Santa en una gran cruzada. Con él, los mejores caballeros sajones y normandos se embarcaron en un viaje lleno de peligros. A través de los mares, los orgullosos cruzados llevaban la palabra de Dios con la cruz y la espada, decididos a retomar Jerusalén, que recientemente había caído en manos de los infieles. San Juan de Acre y otras ciudades fueron ganadas en una lucha feroz, porque el adversario vendió cara su vida. Los colores del rey Ricardo y sus compañeros llameaban al viento.
Tú fuiste uno de esos valientes héroes; apenas hace de ello unos meses. Pero el desgaste de la lucha había hecho mella. Las batallas no dejaban más que sabor a ceniza en la boca. Habías partido con Ricardo lleno de alegría: nunca se había visto un vasallo más devoto de su soberano que tú. Sin embargo, con el tiempo, la emoción de la cruzada se había disipado, especialmente porque tu rey y los suyos no pudieron recuperar Jerusalén y el sepulcro de Cristo. Ricardo, siempre visionario, te predijo que un día vuestros caminos se separarían y que partirías para satisfacer tu deseo de nuevos horizontes y de innumerables descubrimientos.
Una buena tarde, estando en San Juan de Acre, te sumergiste en el misterio de tu alma. ¡Preste Juan, Preste Juan! He ahí un nombre que te venía a las mil maravillas. ¡Paladín de paladines, has acumulado más hazañas de combate que cien guerreros en toda su vida! Ricardo también te ha estimado siempre como un hombre santo, sabiendo bien la importancia que concedes a la palabra divina, y especialmente a los ideales de justicia y de bondad que transmite. Tan hábil con la espada como con las palabras, tan diestro jinete como admirable orador, la grandeza de tu alma igualaba a tu coraje en la batalla. Tu gran estatura y tus fuertes rasgos te habían convertido en una figura legendaria. Entre los hombres de Ricardo, tus alabanzas se cantaban junto al fuego por la noche.
Tú, que habías atravesado los mares, que habías cabalgado por los vastos bosques de Albión, que habías ganado innumerables torneos arduos, tú, que habías seguido los pasos de San Jorge para enfrentarte al Dragón y que habías sobrevivido a otras mil aventuras, comprendiste que este mundo no te deparaba ya retos acordes a tu valor.
Estos pensamientos te lanzaron a una búsqueda considerada imposible. Durante tus estudios, habías descubierto la existencia de la ciudad perdida de Shangri-La. No sabías dónde estaba, pero sí que se alzaba en lo alto de un pico casi inaccesible. ¡La misteriosa ciudad tenía el poder de hacer inmortales a sus habitantes y concederles la dicha perfecta! Tu ansia de aventura no podía satisfacerse con un objetivo mejor. Tu destino cambiaba de rumbo.
Dejando a los cruzados regresar a Inglaterra, tomaste la dirección opuesta, avanzando a través del desierto hacia la famosa fortaleza de Alamut, guarida de la secta de los ismaelitas y de su líder Hassan Sabba. Este hombre, dotado de gran sabiduría, apodado el Viejo de la Montaña, poseía información valiosa sobre Shangri-La. Llegar hasta él resultó ser una tarea sobrehumana, tanto por los peligros del desierto como por su guardia fanática. Pudiste traspasar los muros de la fortaleza de noche, echando mano de tu astucia. Inmediatamente te cayó encima toda clase de peligros: traicioneros Asesinos, hombres-fiera, animales monstruosos, plantas carnívoras. Te acecharon trampas de todo tipo. Cuando, a fuerza de astucia y perseverancia, llegaste ante el Viejo de la Montaña, no pudo darte información precisa. Su única pista sobre la ciudad perdida fue el nombre de Antarsis, un sumo sacerdote de Osiris que había vivido durante el reinado de Amenofis IV Akenatón, más de trece siglos antes de Cristo, y del cual se dice que ostentaba el secreto de Shangri-La. Dispuesto a ayudarte, Hassan Sabba te obsequió con un hechizo para entender todas las lenguas y te proyectó a través del tiempo y el espacio hacia el antiguo Egipto para que buscaras allí a Antarsis, el único que podía ayudarte en tu búsqueda...
Pero a tu llegada a Tebas, a orillas del Nilo, te esperaba una siniestra sorpresa: los guardias del faraón Akhenaton perseguían a Antarsis y a los demás miembros de la casta sacerdotal. Akhenaton quería eliminar a los adoradores del panteón egipcio y sustituir el culto politeísta por el de un solo dios, Atón, el disco solar. Tuviste que maquinar mil astucias para dar con el rastro de Antarsis, chocando, en el proceso, con la guardia vigilante de Akenatón. Corriendo de templos a tumbas, lograste liberar a algunos sacerdotes prisioneros y diste con algunos de los amigos de Antarsis. ¡Muchos monstruos horribles intentaron bloquear tu camino, pero tu valor los derrotó! Gracias a las indicaciones recogidas a lo largo del camino, tuviste la certeza de que Antarsis se escondía en la Cuarta Pirámide de Giza, conocida como la pirámide truncada. Mucha guerra te dieron La Esfinge, primero, y los pasadizos ocultos de la Pirámide, después. Pero, al final de este peligroso viaje, estaba Antarsis, tal como esperabas.
El sacerdote no conocía la ruta exacta a Shangri-La, pero tenía información valiosa. Sabía de un consejero del rey Salomón que había visitado la ciudad que buscabas. Para darte la oportunidad de encontrarle, Antarsis te transportó al corazón del África Austral, diez siglos antes de Jesucristo. También te regaló un extraño objeto: un Ojo Mágico con poderes asombrosos, del cual aún no has descubierto todos los recursos. (¡Atención! Si no has leído el segundo volumen de la Saga del Cruzado, El Ojo de la Esfinge, no puedes tener el Ojo Mágico. Por lo tanto, tendrás que ignorar las instrucciones relativas a él durante el transcurso de tus aventuras)
Una vez en África, tuviste que sumergirte en el infierno de las Minas del Rey Salomón, donde Nikanor, que había caído en desgracia, había sido encarcelado por el monarca. Cumpliendo órdenes del propio Salomón, aceptaste la tarea de limpiar las minas de un terror desconocido: ¡la Muerte Blanca! La exploración de este inmenso laberinto subterráneo no estuvo exenta de dificultades. Muchos peligros se interpusieron entre tú y este horrible monstruo al que estabas siguiendo. Finalmente, en lo profundo de una parte olvidada de las minas, una batalla titánica te enfrentó a la Muerte Blanca. Al final, Nikanor te estaba esperando. El consejero utilizó sus poderes mágicos para ayudarte protegiéndote con un encantamiento de poder insospechado. Un bloque de hielo mágico se formó a tu alrededor, suspendiendo tus funciones vitales e impidiendo que envejecieras.
To your utter amazement, you regained consciousness nearly four hundred years later in Babylon, where there was a wise man named Souhsan, the sole keeper of the secret of Shangri-La. But fate had decided that you would never meet this man. Having died shortly before your arrival, he had bequeathed the fragments of information in his possession to three of his friends. You had to track each of them down across the vast city to finally learn the secret kept in the heart of the Library of Babel. Unfortunately, it turned out to be rather meagre: all you gained from it was the path to follow, that of the land of sacred cows, mysterious India...
Para tu intenso asombro, recuperaste la conciencia casi cuatrocientos años después, en Babilonia, donde vivía un sabio llamado Souhsan, único poseedor del secreto de Shangri-La. Pero el destino había decidido que nunca ibas a conocer a este personaje. Habiendo muerto poco antes de tu llegada, había legado los fragmentos de información que poseía a tres de sus amigos. Tuviste que rastrear a cada uno de ellos a través de la inmensa ciudad, para finalmente descubrir el secreto guardado en el corazón de la biblioteca de Babel. Esto, lamentablemente, resultó ser muy exiguo: sólo te indicó el camino a seguir, el del país de las vacas sagradas, la India misteriosa...
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